Después del 20-M, por Héctor Navarro

Las elecciones convocadas para el 20 de Mayo pasado dejaron un resultado que en realidad a nadie pudo haber sorprendido: por un lado un gobierno que, manejando todas las ventajas del poder no estaba de ninguna manera en disposición de ceder espacios salvo que se produjese una verdadera avalancha (la afirmación por parte de altísimos personeros del grupo gobernante de que nunca dejarán el poder es una muestra de ello); una oposición de derecha dividida entre quienes esperan una solución de fuerza impuesta desde afuera, y los que apuestan por la salida al viejo estilo de la democracia representativa y, un pueblo, con un profundo sentimiento chavista, que, no sintiéndose identificado con ninguno de los factores que hoy se disputan el poder, decidió abstenerse abultando con ello la fuerza aparente de quienes esperan la solución importada.

Más allá de las consideraciones acerca de la validez de los resultados electorales publicados  por el CNE (incluyendo las cifras de abstención más grandes en elecciones presidenciales) y la respuesta increíble por inconsistente del TSJ a la demanda de nulidad del candidato Falcón, hay una realidad que a todas luces está presente y que se refiere a la caída abrumadora del respaldo que Nicolás Maduro recibió y está recibiendo por parte del pueblo venezolano.
Sin embargo esa situación no se refleja en lo electoral con fuerza suficiente, por ahora, como para producir un cambio y ello puede ser el resultado de dos elementos: 1) La mayoría de la izquierda venezolana se encuentra atrapada en un verdadero conflicto: por un lado el sentimiento hacia la memoria de Chávez y la promesa de apoyar a Nicolás Maduro, pero, por el otro, la abrumadora realidad de que éste no es un gobierno de izquierda ni mucho menos socialista y que está llevando al desastre la gran esperanza popular que representó Chávez, especialmente antes de que se pusiera de manifiesto su enfermedad, todo ello en la presencia del fantasma de que lo que vendría pudiera ser aún peor que Maduro y 2) La incapacidad de la propia izquierda organizada (dentro y fuera del Psuv) para ser autocrítica, disponerse valientemente a desplazar a Maduro y los grupos que con él gobiernan y presentar ante el pueblo una verdadera opción constitucional, revolucionaria y, como tal, unitaria.

Al mismo tiempo, dentro de esa grave situación, se mueve un pueblo chavista, redimido en su momento por la promesa de una Quinta República, que logró indicadores importantes en salud, en educación, en alfabetización, en equidad y justicia social, en alimentación, en participación política (…)

¿Qué hacer? Lo primero es la presentación de un conjunto coherente de propuestas revolucionarias que logren rescatar para la participación política a esos amplios sectores de nuestra sociedad hoy literalmente marginados (los que no encuentran atención apropiada a sus problemas de salud, los que día a día se convierten en desempleados, los que no pueden llevar suficiente comida a sus hogares o necesitan escarbar en la basura para alimentar a sus hijos, los que deben emigrar (…). Tal propuesta debe ser impulsada desde una estructura colegiada, un Consejo Patriótico, instancia organizativa de verdadero nuevo tipo que deberá ser profundamente democrática y descentralizada y capaz de reunir una gran diversidad de intereses pero todos convergentes en la defensa de la Constitución. Esa es la tarea actual.

PANORAMA

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