La oposición, un enigma

En el decepcionante documento final de la VIII Cumbre de las Américas no se hace la menor mención a la crisis venezolana. Un silencio inevitable. En eventos de esta naturaleza la redacción de sus documentos se acuerda por consenso, de modo que, como tantas otras veces ha ocurrido en la OEA, no era posible pensar en una redacción distinta, a pesar de la dura condena hecha por los principales países participantes en la reunión a la deriva totalitaria del régimen y a la parodia electoral montada por el CNE para el próximo 20 de mayo. No obstante esta evidente discordancia entre política y diplomacia, peor resulta la contradicción entre la decisión de esos países de no reconocer los resultados de la votación prevista para ese día si no se modifican a fondo sus condiciones, y el rumbo incierto de ese sector de la oposición ante los dos inmensos e inevitables desafíos que les presenta la muy grave realidad política actual.

En primer lugar, su por ahora fallida intención de participar en el evento electoral de mayo para no quedar definitivamente fuera del terreno de juego. Precisamente para eso habían abandonado las calles en agosto del año anterior, a cambio de que el régimen convocara las canceladas elecciones regionales y municipales. Después reanudaron en República Dominicana sus negociaciones con representantes del régimen, con el objetivo de convencerlos de hacer concesiones suficientes para poder ser parte de la elección presidencial sin cometer un suicidio político irremediable. Misión imposible, por supuesto, tal como ha sucedido en todas las rondas de diálogo con el régimen desde aquella perversa Mesa de Negociación y Acuerdos de 2003. En Santo Domingo se mantuvo, pues, la inhabilitación de partidos y dirigentes de oposición vetados por Miraflores y, además, el CNE añadió a la lista de excluidos a la MUD y a Primero Justicia, el principal socio de la alianza.

A la MUD no le quedó más remedio que morder el freno y llamar a la abstención, determinación que impulsó a Henri Falcón, en plan de falso caballero andante, a anunciar que él sí retaría a Nicolás Maduro en las urnas del 20 de mayo. Fue una insignificante ruptura en el frente opositor, pero bastó para que Maduro, quien en todas las encuestas apenas alcanzaba 20% de respaldo popular, no se presentara ante la opinión pública internacional como candidato único en una justa electoral sin presencia opositora.

Esta situación, sin embargo, puede cambiar sustancialmente en cuestión de días. Si bien los excluidos ilegalmente de esta convocatoria electoral se mantienen firmes (no les queda otra), los partidos Acción Democrática y Un Nuevo Tiempo, dirigentes de la categoría de Henrique Capriles, y la semana pasada el trasvase de 12 diputados de UNT al movimiento exprés constituido por Leocenis García con quién sabe qué finalidad, han iniciado estos días una operación de rescate al negociar con el régimen la posibilidad de hacer un leve maquillaje en las condiciones electorales para justificar su apoyo a la estrategia que por ahora encarna Falcón. Si a esta grotesca maniobra de última hora se le añade la necesidad que tiene Maduro de no quedar deslegitimado como presidente después del rotundo condicionamiento de los principales gobiernos del hemisferio a la farsa electoral de mayo, luce factible que el régimen acepte negociar con estos colaboradores adicionales y que en el marco de esa nueva negociación se posponga la convocatoria electoral hasta diciembre, fecha que por otra parte es la prevista en el cronograma electoral, y prolongar de esta sinuosa manera la agonía presidencial.

El segundo y urgente reto que debe enfrentar la oposición esta semana es la solicitud formulada a la Asamblea Nacional por el exiliado TSJ designado por ella de someter a Maduro a un antejuicio de mérito, involucrándolo en la turbia y tristemente célebre trama de corrupción diseñada y puesta en marcha en toda América Latina por la constructora brasileña Odebrecht. De lo que finalmente haga la oposición frente a esta doble e ineludible exigencia política, un enigma todavía de inescrutable resolución, depende, en gran medida, la suerte de la oposición, de Maduro y hasta de la nación, tal como todavía la conocemos.

EL NACIONAL

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