El fondo del pozo, por Armando Martini

Seamos sinceros y respondámonos, con la misma franqueza y transparencia que exigimos con vehemencia a los dirigentes políticos. Hugo Chávez y su mochila mentirosa llena de promesas populistas no fue impuesto por nadie. No fue Fidel Castro, envejecido y repleto de infamia, dueño de su cárcel insular, ni los militares conducidos por su hermano Raúl. Tampoco el imperio gringo ni ningún otro. Menos el Vaticano, ni siquiera Dios, del que dicen que aprieta pero no ahoga, el de los castigos de película como el diluvio universal o la destrucción de Sodoma y Gomorra, pero que deja siempre a quienes fueron creados a su imagen y semejanza, libertad de acción.

A Chávez, sus delirios y elocuentes ofrecimientos empezaron golosinadas y terminaron enredadas en un cáncer, lo elegimos nosotros. Los venezolanos. Poco más del 50% del registro electoral, los demás miraron a la nada, se hicieron los locos, no se molestaron en pensar, y por el contrario, calcularon cómo aprovecharse y hacer negocios. Malandros y ladrones de cuello blanco, se especializaron en cómo asaltar y robar el tesoro público nacional.

Muchos adecos, copeyanos, masistas y demás hierbas aromáticas en desbandada no eran marcianos ni de otros mundos, éramos nosotros mismos, la misma sociedad venezolana acostumbrada a esperar el cumplimiento de grandes promesas que terminaban siendo pompas de jabón, nos acostumbramos a eso y al consuelo de imaginar cambios cada cinco años.

Cuando apareció aquella madrugada infame nuestro quinquenalizado país pareció hacerse pedazos, un mandatario experimentado no supo qué hacer, otro se desmayó y un militar con aspecto de película de Hollywood se encargó del asunto. Al estilo castrense, ese mismo que ahora algunos no entienden bien lo que está pasando, claman por repetir.

Aquel gobernante había mentido con la boca y apariencia, pero su programa era claro, sólo que nadie lo leyó, los venezolanos de entonces volvimos a auto-convencernos de que volverían tiempos de riquezas y derroche, borramos de nuestras mentes sus errores y nos quedamos sólo con ilusiones de magia, espectadores en un teatro de ficción. Al final, decepcionados, lo dejamos solo, cometió la ingenuidad de ser demócrata incluso cuando su propio partido lo abandonó. Los que presumían de ser los más inteligentes y cultos del país le cayeron encima, lo aplastaron.

Los chavistas aprendieron la lección, la democracia se destruye desde adentro y es en ese sótano donde comienza la escalera hacia el poder. Les tomó años ser liberados, regresar a las calles, y a La Habana.

Supieron cuál era la vía y, la verdad sea dicha, nunca la abandonaron, el camino de miente que algo queda. El aprovechamiento de aquella abúlica ingenuidad nacional. ¿Recuerdan el entusiasmo de las masas, pobres y ricos, de los medios? Necesitados, olvidados, humildes y excluidos lo percibieron como un criollo que de ser como ellos había ascendido para llevarlos con él; los poderosos lo creyeron un militarote que habla bien gracias a la Escuela Militar y cursos de oratoria, que sólo quería jugar béisbol y a quien podrían envolver y conducir.

Nos equivocamos, abrimos las puertas a una pandilla de resentidos ambiciosos y, lo peor, con eso de egos e intereses, alargamos la fantasía por años que, ojala, no sean más.

Seguimos sin dar pie con bolas los opositores, los primeros y quienes les sucedieron, hablaron siempre de democracia que puede ser una abstracción intelectualosa, frente a un perverso usador de ella, para sostenerse sin importarle principios ni constitucionalismos en el poder y ampliarlo. Habló, mintió, lanzó esferas al aire, muchos nos distrajimos y otros simplemente no quisieron ver. Se hicieron los pendejos con premeditación y alevosía culposa e imperdonable.

Poco importa si estuvo, y está ahora su heredero, manejados como marionetas inútiles para nosotros pero útiles al castrismo. Lo que importa es que todos lo han hecho mal, los globos fueron reventando en una atmósfera cada vez más densa y pesada, es ahora, muertos, heridos, agredidos, exiliados y presos después cuando les estalló en las caras la dura realidad del hambre y la miseria.

Otra vez estamos desvalidos, abandonados, engañados, frustrados.

Con una diferencia importante que algún día politólogos, sociólogos, psicólogos e historiadores puedan explicar. En el fondo de este pozo donde no sólo nos metieron sino que bajamos con gusto, ha surgido, tras casi noventa años, una generación que ha salido a la calle a quedarse y recuperar la libertad y democracia, conceptos e ideas que son viejas pero novedosas y todavía no conocidas por la mayoría de los ciudadanos venezolanos.

Gracias a Dios por esa nueva estirpe, y por la inspiración que generan con su coraje, por el instinto de seguir lo desconocido, lo nuevo que no ha nacido de los esplendores y grandezas de siempre.

Algo que suena a original, ése es el cambio que analizarán futuras descendencias.

@ArmandoMartini

LA PATILLA

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