Manuel Malaver: Delcy Rodríguez, o el horror de los cancilleres de la OEA

Es difícil -si no imposible- hacerse un juicio sobre la canciller venezolana, Delcy Rodríguez, pues su insignificancia llega a ser tan insignificante, que ni siquiera este filón caro a los humoristas y panfletarios, resulta redituable.

Sin embargo, si me esforzara por descubrirle un rasgo distintivo, característico, yo diría que es su afán inútil por hacerse notar, llamar la atención, porque alguien se fije en aquel tropel de ruidos incoherentes que, con mucha compasividad, podríamos llamar “palabras”.

Si, palabras, aunque tan viejas, anacrónicas y huecas que cuesta entender en que idioma, tiempo y lugar se pronuncian.

Y ahí está precisamente su pegada, porque, por más desconectada que luzca aquella voz de quienes la oyen, siempre habrá curiosos que empezarán a preguntarse si lo que oyen es verdad o mentira, sueño o pesadilla, ciencia o ficción.

Puede haber, sin embargo, quien la tome por reírse, como sucedió en el Consejo Permanente de la OEA de ayer, cuando, habiendo confundido los conceptos de “moción de orden y orden del día”, los cancilleres la celebraron con rotundas carcajadas.

Lo que si no es para reírse -ni sonreírse-, es cuando se lanza a decir retruécanos sobre los clásicos del marxismo, el pensamiento de Kim Il Sung y la revolución cubana, sin duda aprendidos en el programa “La Hojilla” del filósofo castrochavista, Mario Silva.

Muestrario, en fin, de lo más sozanado y colorido de la revolución chavista, en su fase madurista, esta señora, Delcy Rodríguez, diplomada en disparates prácticos y teóricos, hacedoras de frases hechas y récord mundial en el logro de inutilidades perpetradas con la menor velocidad y la mayor cantidad posibles.

Condenada a dejar algún rastro en la historia absolutamente vacío y ejemplo imperecedero de lo útil que puede ser no haber salido jamás del anonimato.

No nos acordamos si Dante en la “Divina Comedia” hizo mención y clasificó a tales abominados, pero seguramente que no, porque a diferencia de nosotros, simples periodistas, era un poeta inmortal que no estaba para insignificancias.

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